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Y allá van de nuevo...

sábado, octubre 06, 2007

Burmese Days (ii)

Sinceramente, me molesta un poco eso que me dice todo el mundo. "Vaya la que has liado en Birmania, eh", aunque sé que lo hacen con buena intención, o al menos con la de hilar conversación. En realidad, no me parece mal que me lo digan, pero me siento algo violento. No sé qué se supone que debo decir, porque pienso en el viaje a Birmania, o Myanmar, y me vienen muchas cosas a la cabeza, pero por encima de todo qué habrá sucedido con la gente que nos cruzamos allí. Con el monje que estuvo hablando con nosotros en la Shwedagon Paya, por ejemplo, el primero con el que tratamos. Tenía 28 o 30 años y era del Oeste, de Rakhine, y estudiaba pali -algo así como el latín de los budistas del sureste asiático, los budistas theravada- en Yangón. Yo todavía no sabía que en Birmania la gente está siempre mascando betel, una especie de tabaco rojo, y pensé que al monje le sangraban demasiado las encías. Me explicó los días de la semana en el budismo y cómo echar agua a una imagen de un conejillo de indias traía suerte.

También pienso en la primera persona que me comentó que el día 17 iba a haber manifestaciones, un conductor de trishaw -una especie de bici-taxi con sidecar- de Mandalay, que decía que era de la Liga Nacional para la Democracia, el partido de Aung San Suu Kyi. The Lady, como la llaman con veneración todos los birmanos. O en la gente de Hsipaw, un maravilloso pueblo en las colinas Shan donde el tiempo parecía haberse parado.

O en los chicos de Bagán que me invitaron a jugar con ellos al chinlon, que consiste en mantener en el aire una pelota como de mimbre usando sólo los pies, las rodillas y la cabeza. Es el deporte favoritos de los birmanos, no tiene ganadores o perdedores -sólo si juegan con red, estilo voleibol- y cuando lo hacen en serio, por lo visto, es una mezcla de juego, arte marcial y danza, pero eso no lo vi, yo sólo vi a gente jugando para divertirse. Supongo que dentro de unos días volverán a jugar a la sombra de la acacia, pero no sé que habrá pasado con la otra gente. Con los monjes que se manifestaban en la calle Bogyoke Aung San, dedicada al héroe nacional padre de Suu Kyi. Aquella manifestación estaba tolerada y organizada. Tenía un cordón de seguridad y el único policía de los alrededores era un guardia de tráfico. Algunos extranjeros filmábamos a los monjes y éstos nos miraban y elevaban el pulgar con el puño cerrado.



Algunos de los que salen en este vídeo estarán muertos. Otros detenidos. Por eso no sé qué decir cuando me sacan el tema.

Birmania es un país increíbe, pero lo especial es la gente. Tienen la serenidad, la empatía y la honestidad que no se encuentra por ahí, una especie de inocencia que no lo es, y la sonrisa más sincera.

Pero luego te coges un avión, y mientras allí los monjes plantan cara a los soldados un taxista sucio e indignado insulta a los motoristas, y ves los bosques de grúas en los alrededores de la ciudad antes de entrar en tu pequeña casa, que increíblemente está como la dejaste, y vuelves a tu rutina y nada a tu alrededor ha cambiado, sólo el poso que te ha dejado dentro esta gente que vive en otro mundo.

P.D.- Ya sé que como cámara no tengo futuro. Ahórrense los comentarios, que ya me han dado bastante caña, y traten de no vomitar. Gracias a los que me echaron un cable para convertir el vídeo.

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jueves, septiembre 27, 2007

Burmese Days

El telediario nocturo de Myanmar es lo que uno esperaría de Corea del Norte. Una reportera lee lacónicamente un comunicado sin despegar los ojos del folio, mientras en el fondo se alterna una cutre infografía de la bola del mundo o, en algunos telediarios, el gigantesco e inútil puente sobre el río Iwaraddy inaugurado hace unos años. Tan inútil como los gigantescos aeropuertos vacíos, iluminados como un quirófano y con el aire acondicionado a 15 grados mientras la luz se corta todos los días del año en el resto del país.

Era hace dos semanas, pero parece que hace mil.Los chavales del restaurante shan de Mandalay no prestaban mucha atención al telediario; en Myanmar los occidentales, sobre todo cuando están sueltos, despiertan algo de curiosidad. Rápidamente cambiaron a lo que más les gusta, la música, un video de un concierto de las estrellas pop locales, con letras para seguir el karaoke. Cé-Zu-Tinpade, decían al acabar las canciones, “muchas gracias”. Los letreros, en realidad, sobraban. Los chavales cantaban en voz baja.

En el mismo telediario salía una nueva ofrenda de un alto funcionario en una pagoda de relumbrón. Es habitual. En casi todas las payas más o menos conocidas de Myanmar se ven las fotos del general de turno, con el inquietante uniforme verde, haciendo ofrendas o departiendo con un viejo monje. Por eso la manifestación de túnicas azafrán ha sido algo más que una imagen impactante para el telediario. Por eso, quizá, las primeras manifestaciones, del día 17, eran toleradas por el abominable régimen militar. Por eso, probablemente, pude tomar estas fotos el día 20 en la Aung San Road de Yangón. Era el cuarto día de manifestaciones y los monjes marchaban orgullosos, aplaudidos. Sabían lo que estaban haciendo, y sabían, seguro, lo que iba a pasar después. Yo no.


Decía el conductor de un coche de caballos, antes del famoso día 17, que los militares no dispararían. “China no quiere líos”. China, país que por lo visto encarna mejor que nadie los valores del olimpismo en este inicio del siglo, es el gran apoyo de la junta militar birmana. Recibe teca, jade, oro y piedras preciosas. De vuelta, en los gigantescos camiones Nissan Diesel que circulan por la carretera de Mandalay a Lashio, llegan armas y electrodomésticos. También trapichean con el opio y las anfetaminas que se producen en el Triángulo del Oro, y algunas ciudades fronterizas son lugar de solaz para los nuevos millonarios de la verdadera revolución cultural. Al parecer en el Golfo de Bengala se puede encontrar, bajo el lecho marino, eso que Astérix llamaba “aceite de roca”.

En 1988 los militares se cargaron a varios miles de personas a tiros, después convocaron elecciones para que aflorase la oposición y enviarla más fácilmente a la cárcel, a la cuneta o a detectar minas terrestres, como denunció la OIT. En paralelo, la junta militar tiene una red de espionaje interno tan bien trabajada que, minutos antes de que los monjes desfilasen por cuarto día por las principales calles de Yangón, algún camarero atemorizado decía que él no sabía nada de manifestaciones.

Uno viene tocado de viajes como Myanmar, aunque suene a tópico. Creo que no olvidaré nunca la manifestación de Yangón, la profunda dignidad del pueblo birmano, la impresionante autoridad de los monjes. Lo máximo a lo que pueden aspirar es a que alguna cámara o algún periodista occidental vea cómo los tirotean, pero siguen ahí, y no van a aflojar.

Asco de mundo.

PD.- ¿Alguien sabe cómo recortar/editar un video de QuickTime (formato.mov)?

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