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Y allá van de nuevo...

sábado, diciembre 09, 2006

the wig is gone

El turismo rural es como el camping. Tú vas, ves que todo es muy bonito, lo verbalizas con profusión, organizas el aspecto logístico que, en este caso, es más sencillo al no tener que construir tu casa. Pasas unos días atareado con la obtención de alimentos, su preparación y la limpieza de la zona necesaria para poder ejecutar este algoritmo tres veces por cada día de estancia hasta que se pone en marcha la operación 'vamos a ir recogiendo', eufemismo de 'joder, qué mal se ve la tele'. Ocasionalmente se intercambian pareceres con la gente del campo, que a ojos de ciudad son algo así como elfos, dotados de sabiduría, honestidad y experiencia sin límites y se recorre a pie parte del entorno para poder introducir la variable lavadora en el bucle de actividades fundamental.

Era el plan cojonudo para este puente pero aquí el que escribe ha ido de guay estos días con el típico rollo "no, yo me quedo en Madrid, que prefiero irme por ahí cuando no hay gente". Pues si no quería caldo, dos tazas. Será porque el enviado de la ONU nos ha acojonado a todos con eso de la vivienda y ya no gastamos como antes, o quizá las casas rurales estaban ocupadas por inmigrantes que, no contentos con quitarnos el trabajo y los servicios sociales, acaparan también alojamientos campestres. Sea una u otra causa, este año la actividad de los buenos españoles en el puente de la Inmaculada y la Constitución (si el calendario ligó estos dos conceptos, será por algo, aventuro, a ver cuando llegan en Cuéntame al 78) ha consistido en ponerse cosas en la cabeza. Decir pelucas sería faltar a la verdad. Porque, sí, la mayoría de los artefactos son pelucas, pero no sólo.

Aquilatando un poco más, era algo más que eso. Era ir en masa a la Plaza Mayor de Madrid, adquirir en el mercadillo algo que ponerse en la cabeza, mirar la performance exterior de El Corte Inglés llamada Cortylandia (una paradoja, conocido el efecto de los complementos craneales sobre la visibilidad del prójimo) para pelear después en plan Street Fighter por un pincho de tortilla y regresar ya a la aglomeración del metro.

27 personas pasaron con peluca en los cinco minutos que tardó el 1 (un autobús) en pasar pr Gran Vía el sábado. En cada vagón de metro había tarde tras tarde entre cuatro y cinco personas con peluca, según mis propias estimaciones. Las más utilizadas eran a lo afro, esas en plan 11811 que convierten a la gente en setas itinerantes, aunque también estaban los clásicos cardados rosas o verdes que, fuera de contexto, podrían ser malinterpretadas. Hace un par de años se pusieron de moda los cuernos con luces rojas intermitentes. Se los empezaron a poner los chinos y a fuerza de insistir se lo vendieron a los aborígenes. Ahora la industria se ha deslocalizado, de modo que el uso de los cuernos con luces (que tampoco iluminan tanto) es más general y el consumo del artículo más variopinto. Del cuerno rojo con luz en la puntita se ha pasado a un abanico de colores, tamaños y estils de iluminación.

Pero ya saben los cazadores de tendencias que cuando una moda llega al populacho está pasada, dos vueltas por lo menos. Y es el caso de los cuernos. A lo largo de la Navidad veremos qué complemento es el triunfador, pero desde esta web les queremos dar pistas. Para los padres de familia yo recomendaría la gorra-reno de taxidermista, una gorra de yanqui que incorpora la cabeza de un reno en la visera y el cuerpo en el resto, sin que el reno, aparentemente, tenga patas. Las jovencitas virginales se puede optar por una redecilla dorada a medias que da un aire entre hada, monja y Madonna que contribuirá, sin duda, a que pierdan su condición. Los macarras de barrio tienen una buena alternativa en la gorra-fuego, que hermana a los del tuning con los punkis: Una gorra cutre como ella sola con una cresta mal pegada con dibujos de fuego.

He comprobado que es fundamental ponerse la gorra nada más comprarla -esto es, en la tarde noche- y mantenerla en la cabeza al menos hasta la salida del transporte público. Sólo quisiera saber, para apurar mis desvelos, qué sucede con las pelucas depués. Dónde están. No sé si son arrojadas a la basura o abandonadas en el descansillo de la escalera, si en cada casa hay un almacén de pelucas o si los portadores de estos artefactos los reutiliza. Al menos sé que no es la indumentaria oficial de esta época del año, porque al día siguiente ya no hay pelucas. Y aunque no tuve huevos de ir a Ikea, Xanadú o Plaza Norte, sí pasé por Mercadona, y ni pelucas ni nada.

La clásica fauna de supermercado: la madre cabreada con niños sudorosos embutidos en edredones con mangas, las parejas de mediana edad discutiendo y los dos tipos de ancianas que pueblan los supermercados: la señora que se cuela y la señora justiciera, atraídas entre sí como imanes de distinta polaridad. Pero de pelucas, nada de nada...

¿Where did all the wigs go?

(en inglés cualquier gilipollez parece un haiku de Salinger o Bob Dylan, joder)

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8 Comments:

Blogger José Antonio Palomares said...

¿27 personas con peluca en 5 minutos? Yo hasta que no diga algo el Manifestódromo pondré en cuarentena esa cifra.

A ver si por lo menos esto sirve para que todos volvamos a llevar sombrero y nos parecemos más a Humphrey Bogart.

10 diciembre, 2006 10:19  
Anonymous javierM said...

Como te oiga el teleoperador que le has cambiado el nombre a la web...

10 diciembre, 2006 12:06  
Anonymous prima said...

hace dos años en estas fechas fuimos Zamo & wife, Malcolm y yo a la Puerta del Sol y creo que ninguno lo hemos olvidado...
no nos compramos pelucas, pero -no sé cómo- nos tomamos un chocolate sentaditos en San Ginés.

ay si te lee la serranilla, se le iban a caer las lagrimitas! (dejando a una parte, cielos, el delito de nacer...)

10 diciembre, 2006 12:55  
Anonymous Thomas Paine said...

(en inglés cualquier pregunta, por gilipollas que sea, no va con signo de apertura de interrogación, joder)

10 diciembre, 2006 13:26  
Blogger José Antonio Palomares said...

No llamaré al Manifestómetro Manifestódromo.
No llamaré al Manifestómetro Manifestódromo.
No llamaré al Manifestómetro Manifestódromo.
No llamaré al Manifestómetro Manifestódromo.
No llamaré al Manifestómetro Manifestódromo.
No llamaré al Manifestómetro Manifestódromo.

10 diciembre, 2006 19:30  
Blogger Pierre Nodoyuna said...

Pues es verdad, hostiaputa!

11 diciembre, 2006 13:29  
Blogger Illuminatus said...

Es que no contó usted con que en cuanto los de Madrid ahuecaron el ala llegaron los de provincias (léase: cualquier otro lugar que no incluya el término municipal de Madrid) a ocupar su sitio y hacer el indio con las peluquitas de los huevos.

11 diciembre, 2006 16:55  
Blogger Tartamundos Trotamudo said...

Curiosa costumbre esa de los madrileños de ir a comprar pelucas a la Plaza Mayor, en llegando tan señaladas fechas. Yo cuando vivía allí también lo hice una o dos veces, pero afortunadamente al alejarme del punto neurálgico en cuestión la imperiosa necesidad de tocarme con complemento capilar se me ha pasado. ¿Un caso para Iker Jiménez?

11 diciembre, 2006 17:01  

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